"No basta con que digamos: Yo amo a Dios pero no amo a mi prójimo. San Juan dice que somos mentirosos si afirmamos que amamos a Dios y no amamos a nuestro prójimo. Es muy importante para nosotros darse cuenta de que el amor para que sea auténtico tiene que doler." Madre Teresa de Calcuta
martes, 30 de junio de 2009
EVANGELIO DEL DÍA
Decimotercera Semana del Tiempo Ordinario
«Subiendo después a una barca, le siguieron sus discípulos. Y he aquí que se levantó en el mar una tempestad tan grande que las olas cubrían la barca; pero él dormía. Y se acercaron y le despertaron diciendo: ¡Señor, sálvanos que perecemos! Jesús les respondió: ¿Por qué teméis, hombres de poca fe? Entonces, levantándose, increpó a los vientos y al mar y se produjo una gran bonanza. Los hombres se admiraron y dijeron: ¿Quién es éste que hasta los vientos y el mar le obedecen?» (Mateo 8, 23-27)
I. Jesús, desde que he montado en tu barca -o, también, desde que te he dejado entrar en mi barca, en mi vida- encuentro épocas de bonanza y también momentos de mayor preocupación, en los que parece que todo se me echa encima. A veces, estas «tempestades» son comunes a las de todos los hombres: dificultades en los estudios o en el trabajo, desgracias familiares, alguna enfermedad de más gravedad.
Otras veces, son «tempestades» específicas del apóstol: incomprensiones por parte de familiares o amigos, criticas de todo tipo, tratos injustos, etc. Finalmente, hay «tempestades» que son fruto de mi falta de generosidad, o de mi falta de humildad: es la tristeza que proviene de no acabarme de entregar, o de no ser sincero, o de problemas que me invento. Jesús, sea cual sea el tipo de tempestad, voy seguro si te tengo en mi barca. «El Señor es mi luz y mi salvación: ¿a quién temeré?», dice la Sagrada Escritura.
Y; sobre todo, Tú eres mi Dios y mi Padre, tienes todo el poder y me quieres con amor de padre: ¿cómo me vas a fallar?; ¿cómo me vas a dejar solo? Sin embargo, a veces parece que no reaccionas, que duermes, que no haces caso a mis peticiones de ayuda: «¡Señor, sálvanos que perecemos!» Que no me desespere, que no sea esa espera un motivo para perder la confianza en Ti, sino más bien, una ocasión para rezar más, para pedirte las cosas con más fe, con más insistencia: ¡Sálvame, Jesús, que ya no aguanto más! «Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya». (Lucas 22,42).
II. «Los problemas que antes te acogotaban te parecían altísimas cordilleras han desaparecido por completo, se han resuelto a lo divino, como cuando el Señor mandó a los vientos y a las aguas que se calmaran. ¡Y pensar que todavía dudabas!». (Surco.-119). Jesús, al final, las cosas se resuelven a lo divino, y aquellos problemas insalvables se desvanecen con un solo acto de tu voluntad. Pero Tú te has servido de esa prueba para que me uniera más a Ti, para que te rezara con más intensidad.
Y ahora, cuando la tempestad está calmada, me admiro de tu poder como los apóstoles, que «se admiraron y dijeron: ¿Quién es éste que hasta los vientos y el mar le obedecen?» Jesús, hoy es un buen día para considerar que Tú eres a la vez hombre y Dios. En este pasaje ambas cosas se ponen de manifiesto: después de un largo día, te encuentras tan cansado que te quedas dormido en la barca, incluso cuando ésta está zarandeada por las olas.
Pero al calmar el viento y el mar, muestras el poder de tu divinidad: «¿quién es éste?» Eres el Hijo de Dios que se ha hecho hombre para que los hombres podamos ser hijos de Dios. Jesús, la barca de la escena de hoy ha sido vista desde los primeros tiempos como la imagen de la Iglesia. «La nave es la Iglesia, en la que Jesucristo atraviesa con los suyos el mar de esta vida, calmando las aguas de las persecuciones». (Santo Tomás) La Iglesia es esa barca en la que están los apóstoles, dirigidos por Pedro, y en la que te encuentras también Tú.
Muchas veces, durante la historia de la Iglesia, esa barca ha sido atacada con todo tipo de tempestades, luchas, divisiones, odios, incomprensiones, deseos de hundirla y ataques de todo tipo. Y mientras, Tú pareces estar dormido. ¡Cuántas oraciones y sacrificios de almas santas, cuántos martirios, cuántas vidas de entrega silenciosa ofrecidas por la paz del mundo y la santidad en la Iglesia! Tú quieres que te pida así, con confianza, porque la Iglesia continúa y continuará a flote. Y a los pesimistas, les tendrás que responder: «¿Por qué teméis, hombres de poca fe?»
Comentario realizado por Pablo Cardona.
Fuente: Una Cita con Dios, Tomo VI, EUNSA
lunes, 29 de junio de 2009
EVANGELIO DEL DÍA
Decimotercera Semana del Tiempo Ordinario
«Viendo Jesús a la multitud que estaba a su alrededor ordenó pasar a la otra orilla. Y acercándose a él cierto escriba, le dijo: Maestro, te seguiré dondequiera que vayas. Jesús le contestó: Las zorras tienen sus guaridas y los pájaros del cielo sus nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar su cabeza. Otro de sus discípulos le dijo: Señor permíteme ir primero a enterrar a mi padre. Jesús le respondió: Sígueme y deja a los muertos enterrar a sus muertos.» (Mateo 8, 18-22)
I. Jesús, algunos de los que te escuchan se muestran dispuestos a seguirte «dondequiera que vayas.» Han visto tus milagros, han oído tus palabras, y se han quedado removidos. Están dispuestos a todo. Pero esa primera emoción es un tanto inconsciente; es necesario saber algo más de lo que significa la entrega que Tú pides. Por eso les avisas: «el Hijo del Hombre no tiene dónde reclinar su cabeza;» seguirme a mí no es sólo caminar a mi lado, es entregarlo todo: el tiempo incluso el que tengo para descansar, el dinero, los planes personales.
Ante una llamada de entrega más plena ya sea en el celibato o en el matrimonio no vale poner excusas. Tú sabes muy bien a quién llamas. Conoces mis defectos, mis debilidades, y mis dificultades familiares, de enfermedad o de trabajo. Y no sólo lo conoces, sino que cuentas con ello. «Permíteme ir primero a enterrar a mi padre.» Jesús, que no me excuse para retrasar mi respuesta a tus continuas peticiones de mayor entrega y generosidad.
Que no me excuse diciendo: cuando acabe los exámenes, cuando acaben las vacaciones; cuando me case, cuando me quede viudo; cuando encuentre trabajo, cuando me jubile. Jesús, ¡hoy y ahora! Hoy y ahora te digo que sí a eso que me pides, sin retrasarlo más, sin esperar circunstancias ideales que ni siquiera sé si llegarán algún día.
II. «No pongas el corazón en nada caduco: imita a Cristo, que se hizo pobre por nosotros, y no tenía dónde reclinar su cabeza. Pídele que te con ceda, en medio del mundo, un efectivo desasimiento, sin atenuantes» (Forja.-523). «Este es el sacrificio que has de ofrecer: No busques en el rebaño, no prepares navíos para navegar hasta lejanas tierras a buscar perfumes. Busca en tu corazón la ofrenda grata a Dios». (San Agustín). Jesús, ésta es la entrega que Tú me pides: la entrega del corazón, para poder amarte sobre todas las cosas.
Para ello es indispensable no poner el corazón en nada caduco. Porque el corazón es único, y no puede querer sobre todas las cosas, a la vez, cosas contrapuestas. Por eso dices: «no podéis servir a Dios y a las riquezas» (Mateo 6,24). Pero entonces, ¿no puedo tener ilusiones profesionales, familiares, sociales o políticas? ¿No puedo tener aficiones deportivas, culturales o recreativas? ¿No pueden gustarme los coches, las motos, los caballos, los ordenadores, la música, etc.? Sí, claro que sí.
No se trata de que no me guste nada, sino de que nada me aparte de Ti, Jesús. Precisamente a través de esas ilusiones, aficiones y gustos tengo que aprender a amarte sobre todas las cosas. Pero si algo me aparta de Ti, aunque sea mínimamente, no lo quiero. Jesús, ¿cómo puedo amarte sobre todas las cosas sin apartarme del mundo? Primero, utilizando todo para la gloria de Dios y con afán de servicio a los demás. Y segundo, estando desprendido de todo, de modo que pueda renunciar a cualquier bien terreno cuando así lo requiera el servicio a Ti o a los demás.
Eso es lo que se llama el desasimiento: no estar atado por las cosas de esta tierra, sino tener el corazón libre, para poderlo entregar día a día a Dios. Jesús, Tú no has necesitado apartarte del mundo para poder amar y obedecer a tu Padre con todo tu corazón. Has vivido como uno más: trabajando con los instrumentos necesarios, asistiendo a las fiestas de tus amigos, vistiendo con decencia.
Sin embargo, te has hecho pobre por nosotros, sin lugar «donde reclinar tu cabeza:» es decir; has sabido poner siempre en primer lugar «el Reino de Dios y su justicia» (Mateo 6,33), el cumplimiento de la voluntad de Dios. Concédeme, Jesús, en medio del mundo, un efectivo desasimiento, para que también yo pueda responder que sí a tus llamadas, sin excusarme, sin atenuantes.
Comentario realizado por Pablo Cardona.
Fuente: Una Cita con Dios, Tomo VI, EUNSA
viernes, 26 de junio de 2009
EVANGELIO DEL DÍA
Duodécima Semana del Tiempo Ordinario
«Cuando bajó del monte le seguía una gran multitud. En esto, se le acercó un leproso, se postró ante él y dijo: Señor si quieres, puedes limpiarme. Y extendiendo Jesús la mano, le tocó diciendo: Quiero, queda limpio. Y al instante quedó limpio de la lepra. Entonces le dijo Jesús: Mira, no lo digas a nadie, sino anda, preséntate al sacerdote y lleva la ofrenda prescrita por Moisés, para que les sirva de testimonio.» (Mateo 8, 1-4)
I. Jesús, el leproso del Evangelio de hoy me da una gran lección. Los leprosos debían permanecer fuera de las poblaciones, en lugares alejados de la gente sana, de sus familiares y amigos. Este hombre quiere cambiar, y sabe que vas a pasar cerca. Cuando te ve, se aproxima a Ti y se postra en señal de adoración, pidiéndote con fe que le cures de su enfermedad: «Señor si quieres, puedes limpiarme.» ¡Cuántas veces, Jesús, he de imitar a este leproso! Estoy alejado -por mis pecados- de tu gracia, de la comunión con los demás.
Me veo enfermo, pero me cuesta cambiar. ¡Ya lo he intentado tantas veces! Sin embargo, hoy vuelves a pasar cerca. Me podrías curar a distancia, pero no: esperas siempre a que me acerque -como el leproso- y te pida con fe: «Si quieres, puedes limpiarme.» Este es el encuentro que se realiza en cada Confesión. Y el sacerdote -que es Cristo, porque Tú actúas a través de él- dice: «Queda limpio»; Yo te perdono en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Jesús, que no me dé vergüenza confesar mis pecados, como no le dio vergüenza al leproso salir de su escondite y reconocerse enfermo. Que no me desespere, que no me conforme con mis errores, con mis debilidades, encerrándome en un mundo lleno de podredumbre, alejado de Ti, de las personas sanas, de la luz del sol. Que salga de mi gruta, y que me acerque con seguridad al sacramento del Perdón y de la Misericordia, para recibir de nuevo la gracia, la vida de hijo de Dios.
II. «Mira tu conducta con detenimiento. Verás que estás lleno de errores, que te hacen daño a ti y quizá también a los que te rodean. Recuerda, hijo, que no son menos importantes los microbios que las fieras. Y tú cultivas esos errores, esas equivocaciones -como se cultivan los microbios en el laboratorio-, con tu falta de humildad, con tu falta de oración, con tu falta de cumplimiento del deber con tu falta de propio conocimiento... Y después esos focos infectan el ambiente.
- Necesitas un buen examen de conciencia diario, que te lleve a propósitos concretos de mejora, porque sientas verdadero dolor de tus faltas, de tus omisiones y pecados» (Forja.-481). Jesús, no sólo deseas que me acerque a la confesión cuando he perdido la gracia por el pecado mortal. La confesión, además de limpiar los pecados, me proporciona la gracia necesaria para luchar contra lo que me he confesado, aunque sean pequeñas faltas de amor.
En concreto, es precisamente ahí donde Tú esperas mi lucha: en mi falta de humildad, en mi falta de oración, en mi falta de cumplimiento del deber... Pero a veces, ni me entero de tantas pequeñas faltas y omisiones que poco a poco van enfriando mi vida interior. Por eso, Jesús, he de hacer un buen examen de conciencia diario, en el que pueda repasar mis propósitos de mejora y hacer otros nuevos para el día siguiente.
Y, sobre todo, el examen de conciencia me ha de llevar a pedirte perdón, con verdadero dolor por no haber sabido estar a la altura de lo que me pedías. De este modo, cada semana tendré un montón de pequeñas cosas de las que me puedo confesar, y recibir la gracia del sacramento para vivir mejor esos detalles. Luchando así, día a día, buscando agradarte y apoyándome en los sacramentos, mi vida interior se hará fuerte será capaz de rechazar todo tipo de microbios y de fieras.
Comentario realizado por Pablo Cardona.
Fuente: Una Cita con Dios, Tomo VI, EUNSA
jueves, 25 de junio de 2009
EVANGELIO DEL DÍA
Duodécima Semana del Tiempo Ordinario
«No todo el que me dice: Señor, Señor entrará en el Reino de los Cielos; sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los Cielos. Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor ¿pues no hemos profetizado en tu nombre, y arrojado los demonios en tu nombre, y hecho prodigios en tu nombre? Entonces yo les diré públicamente: Jamás os he conocido: apartaos de mí, los que habéis obrado la iniquidad.
Por tanto, todo el que oye estas palabras mías y las pone en práctica, es como un hombre prudente que edificó su casa sobre roca: cayó la lluvia, llegaron las riadas, soplaron los vientos e irrumpieron contra aquella casa, pero no se cayó porque estaba cimentada sobre roca. Pero todo el que oye estas palabras mías y no las pone en práctica es como un hombre necio que edificó su casa sobre arena: cayó la lluvia, llegaron las nadas, soplaron los vientos e irrumpieron contra aquella casa, y cayó y fue tremenda su ruina.
Y sucedió que, cuando terminó Jesús estos discursos, las multitudes quedaron admiradas de su doctrina, pues les enseñaba como quien tiene potestad y no como los escribas.» (Mateo 7, 21-29)
I. Jesús, hoy me recuerdas muy gráficamente que la santidad no se construye a base de buenas intenciones, sino a base de buenas obras: obras de servicio, de trabajo bien hecho y ofrecido, de virtudes, de actos de generosidad contigo -dedicándote tiempo- y con los demás. ¿Cómo son mis obras? En el fondo, lo que cuenta es el amor pero sólo hay verdadero amor cuando se demuestra con obras.
Jesús, hoy en día -y siempre- cabe el peligro de basar el edificio de la santidad en un estado de ánimo favorable, en un sentimiento más o menos impetuoso de hacer el bien, en la amistad de uno o varios amigos que frecuentan los mismos círculos de oración y apostolado. Aunque todos estos motivos son motivos buenos, incluso indispensables en un principio, no constituyen la roca firme sobre la que debe cimentarse la lucha por ser santo.
Jesús, a veces ocurre que las circunstancias cambian: aquellas prácticas de piedad que antes me llenaban, ahora no me dicen nada: o cambio de lugar y no encuentro aquellos amigos con los que me lo pasaba tan bien; o los estudios o el trabajo me absorben más que en otras épocas: o simplemente, me canso de luchar. Y entonces, mi vida interior sufre como un descalabro, como un terremoto. Es en estos casos, cuando se descubre la solidez de los cimientos: la casa edificada sobre roca se mantiene firme, mientras la casa edificada sobre arena se derrumba.
II. «Esta es la llave para abrir la puerta y entrar en el Reino de los Cielos: «qui facit voluntatem Patris mei qui in coelis est, ipse intrabit in regnum coelorum» -el que hace la voluntad de mi Padre..., ¡ése entrará! Jesús, los sentimientos, estados de ánimo, o el apoyarse únicamente en las amistades terrenas, son cimientos sobre arena. El cimiento firme del edificio de la santidad, la llave para abrir la puerta y entrar en el Reino de los Cielos, es el buscar -ante todo- hacer la voluntad de Dios, ser fiel a la misión, a la vocación cristiana a la que me has llamado.
Ya pueden venir lluvias, vientos o terremotos, que si lo que me mueve a luchar es cumplir tu voluntad, Tú mismo me ayudarás a superar las dificultades. Jesús, ayúdame a reforzar los cimientos de mi vida cristiana a base de una vida de piedad más profunda, de una oración más constante, de un esfuerzo más serio por mejorar en las virtudes y en el estudio o trabajo profesional, de una mayor generosidad en el servicio a los demás. Es decir, ayúdame a vivir mi fe con obras, hechas por Ti, para cumplir tu voluntad, que es la voluntad de tu Padre Celestial.
Comentario realizado por Pablo Cardona.
Fuente: Una Cita con Dios, Tomo VI, EUNSA
EVANGELIO DEL DÍA
Duodécima Semana del Tiempo Ordinario
«Guardaos bien de los falsos profetas, que vienen a vosotros disfrazados de oveja, pero por dentro son lobos voraces. Por sus frutos los conoceréis: ¿acaso se cosechan uvas de los espinos o higos de las zarzas? Así todo árbol bueno da frutos buenos, y todo árbol malo da frutos malos. Un árbol bueno no puede dar frutos malos, ni un árbol malo dar frutos buenos. Todo árbol que no da fruto bueno es cortado y arrojado al fuego. Por tanto, por sus frutos los conoceréis.» (Mateo 7, 15-20)
I. Jesús, tu Iglesia siempre ha sido probada con la persecución de los falsos profetas, que se presentan como la solución a todos los problemas. Van acompañados de gran popularidad o poder exterior, y tienen una característica común: apartarse del tronco vivo del Magisterio de la Iglesia, y reducir los sacramentos a formalismos sociales más o menos espirituales o sentimentales. El falso profeta suele predicar una doctrina más racional, más aceptable, más sentimental, tratando de evitar lo que es cruz o sacrificio, y lo que es sobrenatural.
Se presenta como una religión más humana y asequible, una religión a la medida del hombre actual: más consensuada, más democrática, más «humilde». Jesús, incluso dentro de la Iglesia se pueden encontrar algunas voces que suenan mucho a falso profeta: voces polémicas con el Papa y con los Obispos; voces en desacuerdo con las exigencias cristianas sobre el aborto, los anticonceptivos, el divorcio, el celibato; «teólogos» con ideas «nuevas» sobre los sacramentos o con visiones «sociales» que llevan a la confrontación en lugar de a la caridad cristiana.
II. «Examina con sinceridad tu modo de seguir al Maestro. Considera si te has entregado de una manera oficial y seca, con una fe que no tiene vibración; si no hay humildad, ni sacrificio, ni obras en tus jornadas; si no hay en ti más que fachada y no estás en el detalle de cada instante..., en una palabra, si te falta Amor. Si es así, no puede extrañar te tu ineficacia. ¡Reacciona enseguida, de la mano de Santa María!» (Forja.-930). Jesús, me pides que dé buen fruto, de modo que los que me rodean puedan conocer la bondad del árbol al que pertenezco, que es la Iglesia, pues «todo árbol bueno da frutos buenos.»
Por ser cristiano, estoy obligado a dar buen fruto. Por eso, ¡cuánto daño hacen los cristianos que viven como indiferentes, como paganos, y no ven que los demás juzgarán la bondad de la Iglesia a través de las vidas de los cristianos! Pero para dar fruto eficaz, para que los demás se sientan atraídos a Ti, primero he de examinarme a mi mismo para ver cómo te estoy siguiendo, Jesús.
¿Es mi fe «una fe que no tiene vibración,» que no siente la necesidad de acercarte a los demás? ¿Es mi jornada un «ir tirando», sin sacrificio, sin oración, sin obras? ¿Hago mi trabajo lo mejor que puedo, estando en el detalle de cada instante y ofreciéndotelo por alguna intención? ¿Busco cada día ocasiones para servir a los demás con pequeños servicios que pasen desapercibidos? Si me falta Amor, si no hago las cosas por Ti y por los demás, si mi entrega es «oficial y seca,» haciendo lo mínimo indispensable, entonces también mi fruto será seco y vacío.
La Virgen supo estar en los detalles, vivir pendiente de los demás y sacrificarse por ellos como una buena madre, sin que se note. Por eso su fruto es el mejor fruto: «bendito es el fruto de tu vientre» (Lucas 1, 42): Tú mismo, Jesús. Madre, ayúdame a vivir mi vida cristiana con la responsabilidad que tengo de dar buen fruto, de ser santo. De esta manera, los que me rodean conocerán la belleza de la Iglesia, el buen árbol plantado por Cristo para darnos su gracia y hacernos hijos de Dios.
Comentario realizado por Pablo Cardona.
Fuente: Una Cita con Dios, Tomo VI, EUNSA
martes, 23 de junio de 2009
EVANGELIO DEL DÍA

23 de Junio. MARTES
Duodécima Semana del Tiempo Ordinario
«No deis las cosas santas a los perros, ni echéis vuestras perlas a los cerdos, no sea que las pisoteen con sus patas y revolviéndose os despedacen. Todo lo que queráis que hagan los hombres con vosotros, hacedlo también vosotros con ellos: Esta es la Ley y los Profetas. Entrad por la puerta angosta, porque amplia es la puerta y ancho el camino que conduce a la perdición, y son muchos los que entran por ella. ¡Qué angosta es la puerta y estrecho el camino que conduce a la Vida, y qué pocos son los que la encuentran!» (Mateo 7, 6, 12-14)
I. +La primera advertencia que me haces hoy, Jesús, es que dé a «las cosas santas» la importancia que tienen: en concreto, los sacramentos, y -entre éstos- especialmente la Eucaristía. Que la trate con veneración, pues es tu Cuerpo mismo. Que no me acostumbre a lo que es santo, y que trate con especial respeto todo lo sagrado: los vasos sagrados, los vestidos sagrados -los ornamentos-, y los lugares sagrados. Más aún he de tratar con especial respeto a las personas consagradas a Ti: los sacerdotes y religiosos.
+El segundo consejo es conocido como «la regla de oro»: «Todo lo que queráis que hagan los hombres con vosotros, hacedlo también vosotros con ellos». Es un consejo práctico que procede del mandamiento de amar al prójimo como a uno mismo. Sin embargo, no es sencillo de cumplir. ¿Cómo trato de ponerlo por obra con los que están a mi lado? ¿Busco siempre el modo de servir a los demás en pequeños detalles, como me gustaría que hiciesen conmigo?
+El tercer consejo es que para entrar por la puerta y recorrer «el camino que conduce a la Vida», he de luchar. La santidad requiere esfuerzo, porque la puerta es «angosta y el camino estrecho», y es fácil desviarse. Por eso, hoy me puedo preguntar: ¿estoy luchando, de verdad, por ser santo?; ¿me propongo metas de mejora e intento seriamente cumplirlas?; ¿acudo con puntualidad a la dirección espiritual? para concretar los puntos en los que puedo y debo mejorar?
Si no noto la exigencia de la lucha por ser santo, muy posiblemente lo que ocurre es que estoy yendo por la senda ancha que tantos y tantas eligen, pero «que conduce a la perdición».
II. «Has notado con más fuerza la urgencia, la «idea fija» de ser santo; y has acudido a la lucha cotidiana sin vacilaciones, persuadido de que has de cortar valientemente cualquier síntoma de aburguesamiento. Luego, mientras hablabas con el Señor en tu oración, has comprendido con mayor claridad que lucha es sinónimo de Amor; y le has pedido un Amor más grande, sin miedo al combate que te espera, porque pelearás por Él, con Él y en Él» (Surco 158).
Jesús, es verdad que el camino de santidad es un camino de lucha, que la puerta es estrecha y el camino a veces se hace cuesta arriba. Pero cuando me tomo en serio mi vida cristiana, compruebo una vez más que «lucha es sinónimo de Amor»: porque me esfuerzo no por un deseo personal de perfeccionismo o por destacar, sino para cumplir tu voluntad, para encontrarte en las más variadas actividades del día, para ser luz que ilumine a mi alrededor.
Jesús, Tú has muerto en la Cruz para que yo pueda ser hijo de Dios, para darme la gracia. Esa gracia que me hace hijo de Dios, te ha costado mucho: es la perla más valiosa que tengo. El pecado es echar esa perla a los cerdos, es tirar una cosa santa a los perros. Ayúdame a no cometer pecados, ni siquiera pequeñas faltas, cortando «valientemente cualquier síntoma de aburguesamiento.» Jesús, quiero ser santo: amarte sobre todas las cosas y amar a los demás como Tú los amas. Dame «un Amor más grande», para poder pelear cada día por Ti y en Ti.
Comentario realizado por Pablo Cardona.
Fuente: Una Cita con Dios, Tomo VI, EUNSA
VALORES

LA MIRADA DE JESÚS
Siempre tuve la incómoda sensación de que el deseaba que lo mirara a los ojos...cosa que yo no hacía. Yo le hablaba pero desviaba mi mirada cuando sentía que el me estaba mirando. Yo miraba siempre a otra parte. Y sabía por qué: tenía miedo.
Pensaba que en sus ojos iba a encontrar una mirada de reproche por algún pecado del que no me hubiera arrepentido. Pensaba que en sus ojos iba a descubrir una exigencia; que había algo que Él deseaba de mí. Al fin, un día, reuní el valor suficiente y lo miré. No había en sus ojos reproche ni exigencia.
Sus ojos se limitaban a decir: "Te quiero". Me quedé mirando fijamente durante largo tiempo. Y allí seguía el mismo mensaje: "Te quiero". Y, al igual que Pedro, salí fuera y lloré
Envió: María Elena Mora
MICRO-REFLEXIÓN:
"Nunca te dejes vencer por las tribulaciones, confía siempre en Dios nuestro señor"
Envió: Guillermo A. Serey V.
EVANGELIO DEL DÍA

22 de Junio. LUNES
Duodécima Semana del Tiempo Ordinario
«No juzguéis y no seréis juzgados. Porque con el juicio con que juzguéis se os juzgará, y con la medida con que midáis se os medirá. ¿Por qué te fijas en la mota del ojo de tu hermano, y no adviertes la viga que hay en el tuyo? O ¿cómo vas a decir a tu hermano: Deja que saque la mota de tu ojo, cuando tú tienes una viga en el tuyo? Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y entonces podrás ver cómo sacar la mota del ojo de tu hermano.» (Mateo 7, 1-5)
I. Jesús, hoy me das un consejo muy oportuno: «no juzguéis.» ¡Cómo me gusta juzgar a todo el mundo!: éste es así, el otro lo hace todo mal, el de más allá no tiene arreglo... Y luego me duele cuando me interpretan mal, cuando juzgan torcidamente mis acciones. ¿Quién soy yo para juzgar las acciones los demás? Y sobre todo: ¿quién soy yo para juzgar las intenciones de los demás? Sin embargo, es inevitable formar un concepto de cómo son los que nos rodean.
No es posible permanecer neutros, suspender el juicio ante lo que vemos o creemos ver. Por eso, no se trata de cerrar los ojos, sino de mirar a los demás como los miras Tú: con ojos de misericordia y de comprensión. Para mirar con tus ojos de mirada limpia, Jesús, es necesario no tener obstáculos que impidan reconocer lo que de bueno tienen los demás. Y esos obstáculos son mis propios defectos, que deforman la realidad hasta hacer que parezca que es el resto del mundo el que está equivocado, y no yo el que tiene la vista turbia. Jesús, ayúdame a ver primero en qué he fallado yo, antes de echar las culpas de todo a los demás.
II. «No queramos juzgar -Cada uno ve las cosas desde su punto de vista... y con su entendimiento, bien limitado casi siempre, y oscuros o nebulosos, con tinieblas de apasionamiento, sus ojos, muchas veces. Además, lo mismo que la de esos pintores modernistas, es la visión de ciertas personas tan subjetiva y tan enfermiza, que trazan unos rasgos arbitrarios, asegurándonos que son nuestro retrato, nuestra conducta... ¡Qué poco valen los juicios de los hombres! -No juzguéis sin tamizar vuestro juicio en la oración» (Camino.-451).
Jesús, en la mayoría de los casos, lo mejor que puedo hacer es no juzgar o, al menos, buscar el lado positivo de las personas, presuponiendo su buena intención. Sin embargo, a veces tengo que juzgar a los demás; es el caso del que está en posición de formar a otro: padres, profesores, directivos, director espiritual; o el que ha de confiar algo a otro: una transacción comercial, una votación política. Además, de manera natural, juzgamos a la persona que queremos: parientes y amigos.
En los casos que tenga que juzgar, sobre todo ante alguna acción que me parece incorrecta, lo que Tú me pides es «tamizar el juicio en la oración;» es decir: ponerme en tu presencia, Jesús, y preguntarme: ¿no seré yo el que lo está haciendo mal? En algún caso, incluso será conveniente consultar el tema con alguna persona de confianza. Si, a pesar de estas precauciones, pienso que la otra persona actúa incorrectamente, tengo el deber de intentar corregirle, sobre todo si tengo la responsabilidad de su formación o es un ser querido.
«Saca primero la viga de tu ojo, y entonces podrás ver cómo sacar la mota del ojo de tu hermano.» Jesús, no me dices que me abstenga de corregir a los demás cuando sea oportuno. Lo que me pides es que, cuando lo tenga que hacer, me mire primero a mí mismo, en tu presencia, y te pida luces para poder ayudar a la otra persona como lo harías Tú: con comprensión, con cariño, con sinceridad, con lealtad.
Comentario realizado por Pablo Cardona.
Fuente: Una Cita con Dios, Tomo VI, EUNSA
viernes, 19 de junio de 2009
EVANGELIO DEL DÍA

19 de Junio. VIERNES
Undécima Semana del Tiempo Ordinario
Hoy es la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús.
«No amontonéis tesoros en la tierra, donde la polilla y la herrumbre corroen y donde los ladrones socavan y los roban. Amontonad en cambio tesoros en el Cielo, donde ni polilla ni herrumbre corroen, y donde los ladrones no socavan ni roban. Porque donde está tu tesoro allí estará tu corazón. La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo es sencillo, todo tu cuerpo estará iluminado. Pero si tu ojo es malicioso, todo tu cuerpo estará en tinieblas. Y si la luz que hay en ti es tinieblas, cuán grande será la oscuridad» (Mateo 6, 19-23)
I. Jesús, ¿dónde tengo mi corazón? ¿Cuál es mi verdadero tesoro, el motor de mis acciones? «No amontonéis tesoros en la tierra». No vale la pena buscar la felicidad a base de amontonar éxitos o placeres terrenos. Lo de aquí abajo pasa, y pasa rápido; y está sujeto a todo tipo de cambios y de reveses. «Amontonad en cambio tesoros en el Cielo.» ¿Cómo puedo hacer esto si estoy todavía en la tierra? Muy fácil: ofreciéndotelo todo cada día.
Ofreciéndote mis horas de trabajo y de descanso, mis ilusiones humanas, mis amores, mis sufrimientos, mis fracasos y mis éxitos. Si te ofrezco mi día por la mañana, y a lo largo de la jornada, además, intentaré hacerlo todo lo mejor posible, porque no te voy a ofrecer una chapuza. Esta es la manera práctica de ir amontonando tesoros en el Cielo, y también es la forma de que Tú vayas siendo mi tesoro, y por tanto el punto de mira de mi corazón, «porque donde está tu tesoro allí estará tu corazón.»
II. «Los defectos que ves en los demás quizá son los tuyos. «Si oculus tuus fuerit simplex...» -Si tu ojo fuere sencillo, todo tu cuerpo estará iluminado; mas si tienes malicioso tu ojo, todo tu cuerpo estará oscurecido. Y más aún: «¿ cómo te pones a mirar la mota en el ojo de tu hermano, y no reparas en la viga que está dentro del tuyo?». Examínate» (Surco.-328) Jesús, la persona optimista, ve la media botella llena, mientras que la pesimista ve la media botella vacía.
Igualmente, el humilde sabe descubrir lo positivo de los demás, mientras que el soberbio sólo encuentra defectos. Mi percepción de la realidad depende de cómo soy, de con qué ojos la miro. A veces, los defectos que veo en los demás no son más que el espejo de mis propios defectos: mi soberbia, mi envidia, mi sensualidad, mi pereza. ¡Cuántas cosas buenas y malas pueden entrar por los ojos! Por los ojos nos entra el buen ejemplo de los demás, sus muestras de cariño, sus necesidades, sus alegrías y sufrimientos.
No puedo tener los ojos cerrados, o que sólo sepan mirar mi ombligo: mis preocupaciones e intereses. Pero también por los ojos nos entran los malos ejemplos, la violencia, la pornografía, y el materialismo. Por eso no puedo tener los ojos abiertos a «lo que caiga», sino que he de guardar la vista, para que lo que entre por los ojos sea limpio, pues si ensucio mis ojos, todo mi cuerpo estará en tinieblas. Jesús, hay una lámpara especial que, junto con las imágenes, ilumina mi mundo interior, mi modo de ver las cosas: la inteligencia.
A través de la formación que reciba, interpretaré todo de una manera o de otra. Por eso es tan importante que cuide mi formación espiritual a través de la lectura, de charlas de formación o de la dirección espiritual. Esa formación será como una luz que alumbre mi camino y me ayude a decidir en cada momento lo que debo y no debo hacer; y también me llevará a pedir consejo ante lo que no sepa. Si descuido mi formación, o dejo que se llene de formas propias de la cultura materialista y pagana que me rodea, estaré oscureciendo la luz de mi inteligencia, «y si la luz que hay en ti es tinieblas, cuán grande será la oscuridad.»
Comentario realizado por Pablo Cardona.
Fuente: Una Cita con Dios, Tomo VI, EUNSA
jueves, 18 de junio de 2009
EVANGELIO DEL DÍA

18 de Junio. JUEVES |
miércoles, 17 de junio de 2009
EVANGELIO DEL DÍA

17 de Junio. MIÉRCOLES
Undécima Semana del Tiempo Ordinario
«Guardaos bien de hacer vuestra justicia delante de los hombres con el fin de que os vean; de otro modo no tendréis recompensa de vuestro Padre que está en los Cielos. Por tanto, cuando des limosna no lo vayas pregonando, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, con el fin de ser alabados por los hombres. En verdad os digo que ya recibieron su recompensa.
Tú, por el contrario, cuando des limosna, que tu mano izquierda no sepa lo que hace tu derecha, para que tu limosna quede en oculto; de este modo, tu Padre, que ve en lo oculto, te recompensará. Cuando oréis, no seáis como los hipócritas, que son amigos de orar puestos de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para exhibirse delante de los hombres; en verdad os digo que ya recibieron su recompensa.
Tú, por el contrario, cuando te pongas a orar entra en tu aposento y, cerrada la puerta, ora a tu Padre, que está en lo oculto; y tu Padre, que ve en lo oculto, te recompensará. Cuando ayunéis no os finjáis tristes como los hipócritas, que desfiguran su rostro para que los hombres noten que ayunan. En verdad os digo que ya recibieron su recompensa.
Tú, en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lávate la cara, para que no adviertan los hombres que ayunas, sino tu Padre, que está en lo oculto; y tu Padre, que ve en lo oculto, te recompensará.» (Mateo 6, 1-6, 16-18)
I. Jesús, hoy me recuerdas la importancia de hacer las cosas con rectitud de intención: por darte una alegría, porque así me lo pides, porque me necesitas, por lealtad. ¿De qué me sirve rezar y mortificarme mucho si, al final, lo estaba haciendo para que me aplaudiesen los hombres? El que me tienes que aplaudir eres Tú; por eso, he de hacerlo todo por Ti. Hay otra falta de rectitud de intención más sutil, pero igualmente desastrosa: hacer las cosas porque me llenan, porque tengo ganas, porque me satisfacen.
Aunque a veces me llene el rezar, asistir a ceremonias religiosas o medios de formación espiritual, no es ése el motivo que me ha de mover, sino el buscarte a Ti, el hacer tu voluntad. Me vean o no me vean los demás, me llene especialmente o se me haga cuesta arriba, la oración, la mortificación y las buenas obras las tengo que hacer por amor a Ti, para amarte más. Porque, entre otras cosas, no puedo esperar a amarte primero para empezar a vivir cristianamente, sino que he de empezar rezando, mortificándome y trabajando por Ti, para amarte cada vez mas.
II. «Si no eres hombre de oración, no creo en la rectitud de tus intenciones cuando dices que trabajas por Cristo» (Camino.-109). Jesús, aunque haga muchas cosas por los demás, trabaje mucho y bien, e incluso hable a los demás de Ti, de nada valdría si no hiciera oración. En la oración te ofrezco todo lo que hago y te pregunto cada día qué es lo que esperas de mí. Además, la oración es un buen momento para rectificar mi intención diciéndote: perdóname, Jesús, por todas las ocasiones en las que me he buscado a mí mismo, y ayúdame a hacerlo todo por Ti.
Jesús, Tú quieres que viva mi fe en comunión con los demás cristianos, especialmente en la Misa. Pero además quieres que haga oración personal, a solas contigo, «cerrada la puerta». «La participación en la sagrada liturgia no abarca toda la vida espiritual. En efecto, el cristiano llamado a orar en común, debe, no obstante, entrar también en su cuarto para orar al Padre en secreto; más aún, debe orar sin tregua, según señala el Apóstol» (S. C.-12).
Jesús, si hago cada día mi rato de oración, con ganas o sin ganas, a solas -cerrada la puerta- buscándote en lo oculto de mi corazón, Tú me recompensarás con una vida llena de paz y de alegría, aun en medio de las dificultades normales o extraordinarias que me pueda encontrar. Y además me recompensarás con la vida eterna.
Un propósito: concretar mi rato de oración a una hora fija, y luchar por hacerla con puntualidad.
Comentario realizado por Pablo Cardona.
Fuente: Una Cita con Dios, Tomo VI, EUNSA
VALORES

VIVE HOY FELIZ
Despiertas hoy a un nuevo día, resucitando de la muerte, que encerrada como signo en el sueño, cada noche te convoca.
Que tu pensamiento primero no sea para las preocupaciones, los sabores o sinsabores que en este día te aguardan, sino que, con una gran cruz, envuelve todo tu ser, de tu frente a tu pecho, y de un hombro al otro, poniendo tu día y tu vida en las manos del Padre de los Cielos, pidiéndole te proteja y te ayude para ser fiel testigo de la resurrección de su Hijo y dócil a su Espíritu de Amor.
Hoy tiene que ser el mejor día, vívelo en la presencia del Señor; busca disfrutar de las pequeñas cosas de cada día; saluda con amor a tus seres queridos, y sal a la calle con la alegría en tu rostro, llenando tu mente y tu corazón de optimismo.
Y transmite esa alegría, esa energía de vida, a todos los que hoy se crucen en tu camino.
Es posible que a lo largo de tu jornada no todo sea flores y alegría, sino también duras y dolorosas espinas; pero si lo afrontas junto con Dios, verás cómo nada te será insuperable y todo tendrá un distinto color.
Olvida todo lo que pueda molestarte y condicionarte para mantener la alegría, y no permitas que nada ni nadie te impida hoy ser verdaderamente feliz.
Recuerda que el ayer ya pasó y el mañana aún no llega, a cada día le basta con su propio afán.
Confíale al Señor todos tus asuntos, poniendo todo tu empeño en resolverlos, como si todo dependiera únicamente de ti, pero en la certeza que, finalmente, todo depende de Dios. Vive hoy, vive feliz, Dios está contigo.
Y cuando ya caiga la tarde y finalice tu día, agradece a Dios con los versos de ese hermoso himno de Vísperas:
"Hora de la tarde, fin de las labores,
Amo de las viñas, paga los trabajos de tus viñadores.
Al romper el día nos apalabraste.
Cuidamos tu viña del alba a la tarde.
Ahora que nos pagas, nos lo das de balde,
que a jornal de gloria no hay trabajo grande.
Das al de la tarde lo que al mañanero.
Son tuyas las horas y tuyo el viñedo.
A lo que sembramos dale crecimiento.
Tú que eres la viña, cuida los sarmientos."
Envió: Miguel A. Osimani
MICRO-REFLEXIÓN:
"A pesar de momentos y situaciones adversas hay que seguir adelante porque Dios siempre estará con nosotros y nos premiará"
Envió: Raquel Téllez Aranda
EVANGELIO DEL DÍA

16 de Junio. MARTES
Undécima Semana del Tiempo Ordinario
«Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los Cielos, que hace salir su sol sobre buenos y malos, y hace llover sobre justos y pecadores.
Porque si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? ¿Acaso no hacen eso también los publicanos? Y si saludáis solamente a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de más? ¿Acaso no hacen eso también los paganos? Sed, pues, vosotros perfectos como vuestro Padre Celestial es perfecto.» (Mateo 5, 43-48)
I. Jesús, me mandas amar al prójimo como a mí mismo, y aún más: amar a los demás como Tú los amas. Y Tú no amas sólo a los que te aman, sino que te preocupas de «buenos y malos,» y das tu vida por «justos y pecadores.» Por eso, también yo he de querer a todos: a los que me caen mejor y a los que me caen peor; a aquellos con los que me lo paso bien, y a los que son un poco más pesados o cargantes.
Jesús, Tú amas así porque amas de verdad. El verdadero amor no hace grupitos, no selecciona ni separa. El que ama sólo a los que le aman, a los que le caen bien o a aquellos con los que se divierte o le hacen favores, no deja de ser un egoísta que -casi sin darse cuenta- está calculando siempre el beneficio personal entre lo que da y lo que recibe. «Si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis?» También actúan así los paganos, los que no te conocen, Jesús.
Y Tú me has dicho que «en esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os tenéis amor entre vosotros» Es decir, el modo propio y distintivo de comportarse del cristiano es el amor verdadero: no el «amor» egoísta, sino el que se sabe entregar por todos, el que no distingue entre amigos y enemigos. «Este mismo deber se extiende a los que piensan y actúan diversamente de nosotros. La enseñanza de Cristo exige incluso el perdón de las ofensas.
Extiende el mandamiento del amor que es el de la nueva ley a todos los enemigos. La liberación en el espíritu del Evangelio es incompatible con el odio al enemigo en cuanto persono, pero no con el odio al mal que hace en cuanto enemigo» (CEC-1933).
II. «Tienes obligación de santificarte. -Tú también. -¿Quién piensa que ésta es labor exclusiva de sacerdotes y religiosos? A todos, sin excepción, dijo el Señor: «Sed perfectos, como mi Padre Celestial es perfecto» (Camino.-291). Jesús, como soy hijo de Dios, me pides que me parezca a El: «Sed, pues, vosotros perfectos como vuestro Padre Celestial es perfecto.» La meta de la santidad, de la perfección, no es una meta exclusiva de sacerdotes y religiosos.
Es el objetivo natural de todo cristiano, pues es el Bautismo el que me hace hijo de Dios. Tú llamas a todos a la santidad, aunque a cada uno le pidas que la busque de una manera específica. Jesús, ¿cómo puedo ser santo en mis circunstancias concretas? ¿He de dejar lo que estoy haciendo, he de cambiar de actividad, de lugar o de ambiente? No necesariamente, aunque a lo mejor me lo pides como parte de una vocación específica.
Lo que sí he de cambiar es el orden de mis prioridades: he de ponerte en primer lugar, de modo que todo lo que haga lo haga por Ti, buscando hacer en cada momento tu voluntad. Para ello necesitaré tenerte presente a lo largo del día, y dedicarte unos momentos concretos en los que pueda hablar contigo a solas y comentarte lo que he hecho o voy a hacer ese día. El día de un cristiano que lucha por ser santo, se apoya espiritualmente en la Santa Misa. Allí he de ofrecer mi trabajo, mis luchas, mis fallos, mis aspiraciones humanas, mis amores.
Todo lo que soy y lo que tengo -que no vale mucho- pasa a tener un valor infinito cuando lo ofrezco en la Misa, junto al Pan y al Vino: adquiere el valor redentor de tu sacrificio en el Calvario, pues la Misa es la renovación del sacrificio de la Cruz. Además, durante la Misa te recibo sacramentalmente en la Comunión, y ese alimento me da fuerza para encarar el día con visión sobrenatural. Si acudo diariamente a la oración y a la Misa, Tú me ayudarás a ser santo y a amar de verdad a todo el mundo.
Comentario realizado por Pablo Cardona.
Fuente: Una Cita con Dios, Tomo VI, EUNSA
jueves, 11 de junio de 2009
EVANGELIO DEL DÍA

11 de Junio. JUEVES
Décima Semana del Tiempo Ordinario
«Os digo, pues, que si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos. Habéis oído que se dijo a los antiguos: No matarás, y el que mate será reo de juicio. Pero yo os digo: Todo el que se llene de ira contra su hermano será reo de juicio; y el que llame a su hermano «raca» será reo ante el Sanedrín; el que le llame «renegado», será reo del fuego del infierno.
Por tanto, si al llevar tu ofrenda al altar recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda ante el alta, ve primero a reconciliarte con tu hermano y vuelve después para presentar tu ofrenda. Pon te de acuerdo cuanto antes con tu adversario mientras vas de camino con él; no sea que tu adversario te entregue al juez y el juez al alguacil y te metan en la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que restituyas la ultima moneda.» (Mateo 5, 20-26)
I. Jesús, has venido a la tierra para redimirme del pecado, abrirme las puertas del cielo y darme ejemplo de vida. Has venido a «subir el nivel», a poner un objetivo más alto: «si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos.» Antes de que vinieras, el objetivo era: no matarás.
Pero ahora que soy hijo de Dios, ahora que tengo tu gracia a través de los sacramentos, el objetivo debe ser parecerme lo máximo a Ti, vivir el mandamiento nuevo: «que os améis unos a otros como yo os he amado» (Juan 13,34). «Por tanto, si al llevar tu ofrenda al altar recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, ve primero a reconciliarte con tu hermano.»
¿Cómo voy a pretender agradarte con ofrendas materiales si no intento primero amar a los que están a mi lado? Mientras tenga vida, estoy de camino: de camino para llegar al Reino de los Cielos. El demonio mi adversario intenta tentarme aprovechándose de mi soberbia, de mi sensualidad, de mi comodidad. «Ponte de acuerdo cuanto antes con tu adversario mientras vas de camino con él» Jesús, quiero mantener este «acuerdo» con mi adversario: no dialogar nunca con él, no dialogar con la tentación.
«Siempre está ojo avizor contra nosotros el enemigo antiguo; no nos durmamos. Sugiere halagos, pone celadas, introduce malos pensamientos y, para llevamos a dolorosa rutina, pone delante lucros y amenaza con prejuicios. Todos y cada uno son probados, cada cual a su modo» (San Agustín).
II. «No dialogues con la tentación. Déjame que te lo repita: ten la valentía de huir; y la reciedumbre de no manosear tu debilidad, pensando hasta dónde podrías llegar. ¡Corta, sin concesiones!» (Surco.-137). Jesús, a veces no tengo la fortaleza de rechazar rápidamente las tentaciones, que empiezan con pequeñas insinuaciones y luego ya no hay quien las pare.
Lo que empezó siendo un pequeño roce, puede acabar en odio y en pelea; lo que empezó siendo una imagen incontrolada, puede acabar en un pecado contra la pureza; lo que empezó siendo un respiro después de comer, puede acabar en una tarde perdida delante de la televisión. Ayúdame a cortar, a reaccionar rápidamente ante esas voces que llaman a la vida fácil y superficial pero que no llenan.
«No sea que tu adversario te entregue al juez y el juez al alguacil y te metan en la cárcel» Jesús, Tú vas a ser mi Juez. Quiero presentarme a Ti con una vida llena de frutos, de frutos de santidad. No quiero llegar a Ti entregado por el demonio: vacío, incapaz de amar y, por tanto, incapaz de recibir el Premio eterno. Tú has venido para que pueda merecer el Cielo; para que pueda vivir en la tierra una vida de entrega, de amor; de justicia, de alegría, de servicio.
Pero me pides santidad de verdad: «si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos.» Para ayudarme a vivir siempre en gracia, o para recuperarla si la pierdo, me has ganado -con tu muerte en la cruz- los sacramentos. Que no los desaproveche, que realmente sean el gran apoyo de mi vida interior. Que sean ellos -especialmente, la Comunión y la Confesión- mis acompañantes en este camino que es mi vida en la tierra.
Comentario realizado por Pablo Cardona.
Fuente: Una Cita con Dios, Tomo VI, EUNSA
miércoles, 10 de junio de 2009
VALORES

EL CIRUJANO
Mañana en la mañana abriré tu corazón le explicaba el cirujano a un niño. Y el niño interrumpió:
- ¿Usted encontrará a Jesús allí?
El cirujano se quedó mirándolo, y continuó:
- Cortaré una pared de tu corazón para ver el daño completo.
- Pero cuando abra mi corazón, ¿encontrará a Jesús ahí?, volvió a interrumpir el niño. El cirujano se volvió hacia los padres, quienes estaban sentados tranquilamente.
- Cuando haya visto todo el daño allí, planearemos lo que sigue, ya con tu corazón abierto.
- Pero, ¿usted encontrará a Jesús en mi corazón? La Biblia bien claro dice que Él vive allí. Las alabanzas todas dicen que Él vive allí....
- ¡Entonces usted lo encontrará en mi corazón!
El cirujano pensó que era suficiente y le explicó:
- Te diré que encontraré en tu corazón. Encontraré músculo dañado, baja respuesta de glóbulos rojos, y debilidad en las paredes y vasos. Y aparte me daré cuenta si te podamos ayudar o no.
- ¿Pero encontrará a Jesús allí también? Es su hogar, Él vive allí, siempre está conmigo.
El cirujano no toleró más los insistentes comentarios y se fue. Enseguida se sentó en su oficina y procedió a grabar sus estudios previos a la cirugía:
- aorta dañada, vena pulmonar deteriorada, degeneración muscular cardiaca masiva. Sin posibilidades de trasplante, difícilmente curable. Terapia: analgésicos y reposo absoluto.
- Pronóstico: tomó una pausa y en tono triste dijo: - muerte dentro del primer año. Entonces detuvo la grabadora.
- Pero, tengo algo más que decir: - ¿Por qué? pregunto en voz alta -¿Por qué hiciste esto a él? Tú lo pusiste aquí, tú lo pusiste en este dolor y lo has sentenciado a una muerte temprana. ¿Por qué?
De pronto, Dios, nuestro Señor le contestó:
- El niño, mi oveja, ya no pertenecerá a tu rebaño porque él es parte del mío y conmigo estará toda la eternidad. Aquí en el cielo, en mi rebaño sagrado, ya no tendrá ningún dolor, será confortado de una manera inimaginable para ti o para cualquiera. Sus padres un día se unirán con él, conocerán la paz y la armonía, juntos, en mi reino y mi rebaño sagrado continuará creciendo.
El cirujano empezó a llorar terriblemente, pero sintió aun más rencor, no entendía las razones. Y replicó:
- Tú creaste a este muchacho, y también su corazón ¿Para qué? ¿Para que muera dentro de unos meses?
El Señor le respondió:
- Porque es tiempo de que regrese a su rebaño, su tarea en la tierra ya la cumplió. Hace unos años envié una oveja mía con dones de doctor para que ayudara a sus hermanos, pero con tanta ciencia se olvidó de su Creador. Así que envié a mi otra oveja, el niño enfermo, no para perderlo sino para que regresara a mí aquella oveja perdida hace tanto tiempo.
El cirujano lloró y lloró inconsolablemente. Días después, luego de practicar la cirugía, el doctor se sentó a un lado de la cama del niño; mientras que sus padres lo hicieron frente al médico. El niño despertó y murmurando rápidamente preguntó:
- ¿Abrió mi corazón?
- Si - dijo el cirujano-
- ¿Qué encontró?
- preguntó el niño
- Tenías razón, encontré allí a Jesús.
Envió: Jaime Alberto Tovar Camacho
MICRO-REFLEXIÓN:
"Debemos orar siempre, no hasta que Dios nos escuche, sino hasta que podamos oír a Dios."
Envió: Jaime Alberto Tovar Camacho
EVANGELIO DEL DÍA

10 de Junio. MIÉRCOLES
Décima Semana del Tiempo Ordinario
«No penséis que he venido a abolir la Ley o los Profetas; no he venido a abolirlos sino a darles su plenitud. En verdad os digo que mientras no pasen el Cielo y la tierra no pasará de la Ley ni la más pequeña letra o trazo hasta que todo se cumpla. Así el que quebrante uno solo de estos mandamientos, incluso de los más pequeños, y enseñe a los hombres a hacer lo mismo, será el más pequeño en el Reino de los Cielos. Por el contrario, el que los cumpla y enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos.» (Mateo 5, 17-19).
I. Jesús, has venido a darme «palabras de vida eterna» (Juan 6,68). Tu palabra es la plenitud de la Ley y los Profetas: es la sabiduría del Creador que indica con claridad a la criatura hecha por Él -a mí- quién soy, qué debo hacer para ser feliz, y cuál es mi destino último. Como Tú eres eterno, Jesús, así también tus palabras son eternas.
Por eso, las verdades del Evangelio son verdades actuales: viejas como el Evangelio pero, como el Evangelio, nuevas. Lo que Tú me pides, Jesús, es que aplique esa doctrina a mis circunstancias concretas: que vuelva a vivir el Evangelio haciéndote presente en mi ambiente; que sea Cristo presente en mi trabajo, en mi estudio, en el deporte, en la diversión, en mi familia y en mi círculo de amigos.
Jesús, en mi vida cristiana no hay cosas de poca importancia: todo tiene mucha importancia si lo hago con amor y por amor. No hay «mandamientos pequeños,» faltas que no deba luchar por mejorar, detalles de amor que no necesite esforzarme por vivir. Sólo a base de «cosas pequeñas» se construyen los grandes ideales. «Pongamos ante los ojos de nuestro entendimiento las cosas pequeñas, para que podamos pensar dignamente en las mayores» San Gregorio Magno).
II. «¿Has visto cómo levantaron aquel edificio de grandeza imponente? -Un ladrillo, y otro. Miles. Pero, uno a uno. -Y sacos de cemento, uno a uno. Y sillares, que suponen poco, ante la mole del conjunto. - Y trozos de hierro. -Y obreros que trabajan, día a día, las mismas horas... ¿ Viste cómo alzaron aquel edificio de grandeza imponente?... -¡A fuerza de cosas pequeñas!» Camino.-823).
Jesús, hoy me recuerdas que la santidad grande se consigue a base de cosas pequeñas, de detalles de servicio y amor de Dios pequeños y constantes. «El que los cumpla y enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos.»
No me pides habitualmente cosas aparatosas, sino pequeños vencimientos: acabar bien el trabajo; estudiar las horas previstas poniendo esfuerzo por aprovecharlas bien; adelantarse a ayudar en casa; promover aquel plan que hace feliz a los demás -en lugar de ir a la mía-; pasar por alto los necesarios roces que, sin mala intención, aparecen en la convivencia diaria; etc. ... Si me comporto así, no sólo cumplo esos pequeños mandamientos de la Ley, sino que además, con el ejemplo, los estoy enseñando a cumplir.
Esto es verdadero apostolado, el apostolado de la vida ordinaria: el apostolado que Tú pides, Jesús, a todo cristiano y -por lo tanto- el que me pides a mí. «El que los cumpla y enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos.» Tengo el derecho y el deber de hacer apostolado, de enseñar a los demás la belleza y plenitud de una vida realmente cristiana. Un ladrillo, y otro. Miles. Pero, uno a uno. La santidad es una tarea de cada día, no de domingo a domingo.
Cada día me pides esos pequeños ladrillos que van construyendo el gran edificio de la santidad. Por eso es necesario que me examine cada noche sobre mi vida cristiana para ver qué he construido ese día y qué puedo hacer para seguir construyendo al día siguiente: esas obras buenas y ese trabajo bien hecho, que son los ladrillos de mi vida interior. Y también necesito la vida de la gracia -oración y sacramentos- que es el cemento que da solidez a la obra. Sin la gracia no conseguiría más que un montón de piedras sueltas y sin sentido, porque estaría «construyendo» sin el cemento sobrenatural.
Comentario realizado por Pablo Cardona.
Fuente: Una Cita con Dios, Tomo VI, EUNSA
martes, 9 de junio de 2009
Plan de vida Cristiana

Y SANTIFICARSE
Normas generales y obligatorias.
- No dejes pasar mucho tiempo sin encomendarte de alguna manera a Dios
- No dejes la Misa en días de precepto aunque para ello tengas que hacer algún sacrificio.
- Cumple con la Confesión y Comunión Pascual
- Evita todo pecado mortal
Obras recomendables
- Oye Misa, si puedes, todos los días
- Recibe los Sacramentos cada ocho o quince días
- Reza cada día el Rosario en familia
- Lee con frecuencia algún libro devoto
- Visita todos los días a Jesús Sacramentado
- Procura hacer cada día un poco de meditación
- Mira de tener un confesor fijo y de que no te falte director espiritual a quien manifestar tus adelantos o retrasos en la vida del espíritu
- Procura tener cada mes un día de retiro espiritual que te sirva como de preparación para la muerte
- Practica todos los años los Ejercicios Espirituales con grande deseo de aprovecharte. Si los puedes hacer en completo retiro, mucho mejor
- Haz obras de caridad, como visitar a los enfermos, socorrer a los pobres, etc.
- No olvides nunca la presencia de Dios.
Autoestima
Mi padre, mi primer amor.Teniendo como fondo musical la canción de Hotel California del grupo Eagles, me encontré repentinamente recordando a mi papá en ese único viaje que hicimos juntos hacia la ciudad de la bella San Francisco. Puedo ahora mismo retroceder en el tiempo y verme junto a él cuando manejábamos hacia nuestro destino. La canción Hotel California sonaba en la radio mientras veíamos a ambos lados de la carretera los inmensos molinos para generar energía. Platicábamos sobre la lucha por llegar a ser un adulto completo, los minutos inolvidables de la niñez y la bendición que Dios permitía que tuviéramos en ese momento de poder afianzar nuestros lazos como padre e hija. Mi papá sin duda fue mi primer amor.
Eran hermosos días para mí aquellos en que mi rey querido(papá) me llevaba a la oficina con él; ¡me gustaba tanto jugar con la máquina de escribir, abrir la caja registradora, hacer pan..! fue así que nació en mí el deseo de convertirme en empresaria. Eran los momentos que cada sábado mi papá tenía reservados para mí. Mientras me relataba su historia, a mi amiga se le llenaban los ojos de ilusion y de estrellas. Y además de todo eso, -le preguntaba- ¿cuál fue el mayor impacto que causo tu papá en tu vida? Mientras meditaba por un momento, pausadamente me respondía: creo que fue el sentido de dignidad que me transmitió como mujer e hija de Dios. Papá siempre nos dió ejemplo de respeto. Era un hombre que vivía metido en Dios. Su trato era muy fino, tierno y siempre nos estaba repitiendo que los hombres debían ser de una sola pieza. Los valores, nos decía, a mi y mis hermanos son los tesoros que nos va descubriendo la vida.
También es mi mejor amigo
Si eres esposa y tienes hijos pequeños haz todo lo posible por tener una conversación profunda con tu esposo y hablale de tus experiencias como hija y de las expectativas y deseos que hay en tu corazón de su participación individual como papá en la vida de vuestros hijos.
VALORES

En nuestra vida tenemos muy bien programadas nuestras horas, nuestras semanas. Tiempo para trabajar, tiempo para el ejercicio, tiempo para tomar alimentos, de preferencia los que más nos gustan, tiempo para descansar o divertirnos, pero... ¿y el tiempo para Dios?.
No encontramos tiempo para Dios, para orar. Teniendo comunicación con Él que es quién precisamente nos da ese tiempo que repartimos en nuestro muy personal plan de vida.
Y llega el domingo... Si estamos en un lugar de descanso, de monte o de playa ¡qué difícil es programarnos para ir a misa! Si nos hemos quedado en la ciudad, ¡con qué mezquindad le damos a Dios la media hora de misa de los domingos!
Para ir al cine , al teatro o a un evento deportivo nos ponemos diligentes y contentos. Queremos llegar y llegamos antes de que empiece la función, buscamos el mejor lugar para poder ver y oír lo mejor posible, ¡no nos queremos perder ni un solo detalle!. Pero la misa, y eso que la entrada es gratis, no importa llegar cuando ya está empezada la ceremonia y no nos interesa ver o no ver lo que el celebrante hace o dice en el altar y nos quedamos en la entrada para que en el momento de que nos den la bendición nos podamos ir rápidamente, como el que termina un cometido fastidioso y poco grato.
Por todos nosotros. Es poder estar en la Cena del Señor la noche del Jueves Santo en el espacio y en el tiempo. Es poder llegar con nuestro corazón hasta Dios y si lo recibimos, es alimentarnos de El y pedir que nos acompañe en el camino que estamos recorriendo aquí hasta el final de nuestros días.
Tarde o temprano ese día llegará y no queremos presentarnos a El con la frase tan conocida de "las manos vacías" sino con algo mucho peor: con el corazón vacío de amor.
No le hemos querido, no le hemos amado como El nos amó hasta dar la vida por nuestra salvación eterna. Vamos viviendo indiferentes a ese gran amor y no sabemos corresponder. Cuando estemos en su presencia ¡qué ansias de volver a empezar, qué ganas de tener todo el tiempo del mundo como ahora, otra vez, toda una vida para amarlo!.
Pensaremos, aunque ya demasiado tarde, en cómo desperdiciamos los minutos, las horas, los años en pequeñeces, en minucias que nos absorbieron, que nos quitaron todo nuestro tiempo para al pasar por una Iglesia entrar, dejando todos la preocupaciones afuera, y frente al Sagrario decirle a Cristo simplemente: -"Te amo y aquí estoy".
Pasamos la vida corriendo tras las cosas vanas y perecederas mientras que apenas tenemos unas migajas de oración para Dios y con la media hora escasa de los domingos en la Iglesia tenemos la conciencia tranquila porque ya cumplimos. ....
Cambiemos radicalmente la forma de vivir nuestra religión.
Seamos radicales en este cambio. Desechemos la tibieza, el espíritu tacaño para todo lo concerniente a las cosas de Dios y amémosle con generosidad, empezando por cumplir con el primer Mandamiento que es: Amar a Dios sobre todas las cosas.
¡Qué se nos note que lo amamos, para que en los ojos de Cristo encontremos, un día, el reconocimiento del encuentro con el amigo, al llegar a su presencia!.
Autor: Ma. Esther de Ariñoi
Envió: Fabiola Palacios Muñoz
MICRO-REFLEXIÓN:
"La esperanza es la luz que debemos mantener siempre encendida; es el motor que nos ayuda a caminar por la senda que nos llevará al Señor."
Envió: Rosario González
EVANGELIO DEL DÍA

09 de Junio. MARTES
Décima Semana del Tiempo Ordinario
«Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa ¿con qué se salará? No vale sino para tirarla fuera y que la pisotee la gente. Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en lo alto de un monte; ni se enciende una luz para ponerla debajo de un celemín, sino sobre un candelero a fin de que alumbre a todos los de la casa. Alumbre así vuestra luz ante los hombres para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los Cielos.» (Mateo 5, 13-16)
I. Jesús, pones imágenes claras para que entienda mi misión apostólica: soy «la salde la tierra.» «Es como si les dijera: "El mensaje que se os comunica no va destinado a vosotros solos, sino que habéis de transmitirlo a todo el mundo. Porque no os envío a dos ciudades, ni a diez, ni a veinte; ni tan siquiera os envío a toda una nación, como en otro tiempo a los profetas, sino a la tierra, al mar y a todo el mundo, y a un mundo, por cierto muy mal dispuesto".
Porque al decir: "Vosotros sois la sal de la tierra", enseña que los hombres han perdido su sabor y están corrompidos por el pecado. Por ello exige sobre todo de sus discípulos aquellas virtudes que son más necesarias y útiles para el cuidado de los demás» (San Juan Crisóstomo). La sal sirve para preservar los alimentos de la corrupción y para dar sabor. Su misión no es aparatosa: un poco de sal da sabor a todo un plato y casi ni se nota, porque desaparece mezclándose con los alimentos.
Así debe ser mi acción apostólica: discreta; hecha a base de ejemplo, de simpatía y de amistad; siendo uno más, pero con mucho amor de Dios, con contenido, con sabor, con vida sobrenatural que preserva a los demás de la corrupción. Jesús, también me dices que soy «la luz del mundo.» La luz sirve para ver mejor la realidad, para distinguir lo verdadero de las sombras falsas. La luz posibilita caminar por el camino oscuro de la vida. La luz permite distinguir la belleza de los colores.
Así debo ser yo para los demás: un punto de referencia -de luz- donde encontrar la verdad divina; un alma de doctrina segura que enseñe el camino verdadero; un ejemplo de vida cristiana imitable, amable, que descubra la belleza y la profundidad y los colores de tu enseñanza.
II. «Tu eres sal, alma de apóstol. -«Bonum est sal»- la sal es buena, se lee en el Santo Evangelio, «si autem evanuerit» -pero si la sal se desvirtúa..., nada vale, ni para la tierra, ni para el estiércol; se arroja fuera como inútil. Tú eres sal, alma de apóstol -Pero, si te desvirtúas..» (Camino.-921). Jesús, me has confiado una misión importante: ser sal de la tierra. «Pero si la sal se vuelve sosa ¿con qué se salará? No vale sino para tirarla fuera y que la pisotee la gente.»
Si yo te fallo, ¿con quién podrás contar para cristianizar la sociedad? ¿Con qué sal salarás mi ambiente? Este es uno de los grandes descubrimientos de la vida cristiana: darse cuenta de que Tú me necesitas. Además, si un cristiano se comporta como uno que no tiene fe, se convierte en un estorbo, en instrumento inútil que nada vale. «No se enciende una luz para ponerla debajo de un celemín, sino sobre un candelero a fin de que alumbre a todos los de la casa.» Jesús, la gracia que me das a través de los sacramentos es una gran luz.
Y esa luz no la has encendido para que luego yo la oculte debajo del celemín -de la cama-; debajo de un montón de miserias personales que no quiero luchar por desarraigar; y que oscurecen el mensaje claro y luminoso del cristianismo. Quieres que ponga esa luz en un lugar preferente en mi vida para que alumbre a todos: quieres que te tome en serio para que, a través de mi vida cristiana, puedas iluminar a los que me rodean.
«Alumbre así vuestra luz ante los hombres para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los Cielos.» Jesús, ayúdame a estar a la altura de tus peticiones y deseos: que los demás se puedan apoyar -realmente- en mis buenas obras. Obras de trabajo bien realizado, de detalles de servicio, de optimismo, de vida limpia, de sencillez, de sinceridad. Así te haré presente en la tierra, de modo que a mi alrededor todos «glorifiquen a tu Padre que está en los Cielos.»
Comentario realizado por Pablo Cardona.
Fuente: Una Cita con Dios, Tomo VI, EUNSA
VALORES

DAR DE CORAZÓN
Hubo una vez un limosnero que estaba tendido al lado de la calle. Vio a lo lejos venir al rey con su corona y capa. Pensó, "Le voy a pedir, y de seguro me dará bastante".
Y cuando el rey pasó cerca, le dijo: "Su majestad, ¿me podría por favor regalar una moneda?" Aunque en su interior pensaba que el rey le iba a dar mucho más.
El rey le miró y le dijo:
- " ¿Por qué no me das algo tú? ¿Acaso no soy yo tu rey?"
El mendigo no sabía que responder a la pregunta y dijo: "Pero su majestad, ¡yo no tengo nada!".
El rey respondió: "Algo debes de tener. ¡Busca!".
Entre su asombro y enojo el mendigo buscó entre sus cosas y supo que tenía una naranja, un bollo de pan y unos granos de arroz. Pensó que el pan y la naranja eran mucho para darle, así que en medio de su enojo tomó 5 granos de arroz y se los dio al rey.
Complacido el rey dijo: "¡Ves como sí tenías!" Y le dio 5 monedas de oro, una por cada grano de arroz.
El mendigo dijo entonces: "Su majestad, creo que acá tengo otras cosas", pero el rey no hizo caso y dijo: "Solamente de lo que me has dado de corazón, te puedo yo dar".
Es fácil en esta historia reconocer como el rey representa a Dios, y el mendigo a nosotros. Notemos que el mendigo aún en su pobreza es egoísta y no se desprende de lo que tiene, aún cuando su rey se lo pide.
Ocasionalmente, Dios nos pide que le demos algo para así demostrarle que El es el más importante. Unas veces nos pide ser humildes, otras ser sinceros. Nos negamos a darle a Dios lo que nos pide, pues creemos que no recibiremos nada a cambio, sin pensar en que Dios devuelve el 100 por 1.
No sé que te pida Dios en este momento? ¿confianza?, ¿sencillez?, ¿humildad?, ¿abandono en su voluntad? No lo sé. Solamente sé, que por lo que le des, te devolverá mucho más, y recuerda no darle solamente unos pocos granos dale todo lo que tengas, pues sinceramente, VALE LA PENA.
Envió: Ángel Martínez
MICRO-REFLEXIÓN:
"Las experiencias negativas son necesarias, ayudan a crecer positivamente y a otros los guían cuando están extraviados"
Envió: Ángela Brown
EVANGELIO DEL DÍA

08 de Junio. LUNES
Décima Semana del Tiempo Ordinario
«Al ver Jesús a las multitudes, subió al monte; se sentó y se le acercaron sus discípulos; y abriendo su boca les enseñaba diciendo: Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los pacíficos, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los que padecen persecución por la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados seréis cuando os injurien, os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el Cielo: de la misma manera persiguieron a los profetas que os precedieron.» (Mateo 5, 1-12)
1. «Las bienaventuranzas dibujan el rostro de Jesucristo y describen su caridad; expresan la vocación de los fieles asociados a la gloria de su Pasión y de su Resurrección; iluminan las acciones y las actitudes características de la vida cristiana; son promesas paradójicas que sostienen la esperanza en las tribulaciones; anuncian a los discípulos las bendiciones y las recompensas ya incoadas; quedan inauguradas en la vida de la Virgen María y de todos los santos» (CEC- 1717).
Jesús, llamas bienaventurado -dichoso, feliz- al pobre de espíritu y al que llora. La alegría no está en la posesión de riquezas o en la ausencia de dolor, sino en el amor con el que se vive. El pobre de espíritu es el que está desprendido de lo que tiene, sea mucho o poco y, al no estar atado por el afán de las cosas materiales, tiene libertad para amar a los demás. El que sufre con paciencia, agranda su capacidad de sacrificio, de entrega, y crece de esta manera también su capacidad de amar.
«Bienaventurados los mansos, los misericordiosos y los pacíficos.» Estos saben pasar por alto los defectos de los demás, saben comprender sus flaquezas. Sólo el que es capaz de comprender, de compadecerse, podrá luego amar de verdad. «Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, los que padecen persecución por la justicia.» Si amo de verdad, no me conformaré con comprender a los demás, sino que intentaré que mejoren, que sean más felices.
No es el cristianismo un espíritu pasivo; pacífico sí, pero no pasivo. Es, más bien, un espíritu inconformista: inconformista con la injusticia, con la insolidaridad, con la mentira, y con el egoísmo materialista.
II. «Ante las acusaciones que consideramos injustas, examinemos nuestra conducta, delante de Dios, «cum gaudio et pace» -con alegre serenidad, y rectifiquemos, aunque se trate de cosas inocentes, si la caridad nos lo aconseja. -Luchemos por ser santos, cada día más: y, luego, «que digan», siempre que a esos dichos se les pueda aplicar aquella bienaventuranza: (...) bienaventurados seréis cuando os calumnien por mi causa» (Forja.- 795).
Jesús, si alguien critica mi comportamiento, mi trabajo o mi apostolado, lo primero que debo hacer es considerar mis errores, y cambiar lo que esté mal. Porque lo que importa es que vaya mejorando como persona y como cristiano que, en mi caso, coinciden en un solo objetivo: luchar por ser santo. Pero si las críticas no son por mis errores, sino por tu causa, entonces: ¡adelante! Porque esa contradicción será fuente de felicidad. «Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.»
Jesús, para descubrirte en los demás y en la Eucaristía, es necesario que en mi corazón no se meta el egoísmo de la impureza, de la avaricia o de la vanidad. Estos tres egoísmos manchan el corazón y lo incapacitan para amarte de verdad, porque provocan una dependencia casi enfermiza con lo que produce placer personal, y atrofian la capacidad de servir; de darse a los demás: de amar.