19 de Octubre. LUNES
Vigésima Novena Semana del Tiempo Ordinario
«Uno de entre la multitud le dijo: «Maestro, di a mi hermano que reparta la herencia conmigo». Pero él le respondió: «Hombre, ¿quién me ha constituido juez o repartidor entre vosotros?». Y añadió: «Estad alerta y guardaos de toda avaricia, porque si alguien tiene abundancia de bienes, su vida no depende de aquello que posee».
Y les propuso una parábola diciendo: «Las tierras de cierto hombre rico dieron mucho fruto, y pensaba para sus adentros: "¿qué haré, pues no tengo donde guardar mi cosecha?". Y dijo: "Esto haré: voy a destruir mis graneros, y construiré otros mayores, y allí guardaré todo mi trigo y mis bienes. Entonces diré a mi alma: alma, ya tienes muchos bienes almacenados para muchos años. Descansa, come, bebe, pásatelo bien". Pero Dios le dijo: "Insensato, esta misma noche te reclamarán el alma; lo que has preparado, ¿para quién será?". Así ocurre al que atesora para sí y no es rico ante Dios». (Lucas 12, 13-21)
I. Jesús, aunque no quieres dar normas concretas para resolver cada problema económico y social -«¿quién me ha constituido juez o repartidor entre vosotros?»- sí quieres dar unas normas generales que guíen la moralidad de nuestras acciones. Lo mismo sigue haciendo la Iglesia cuando propone sus directrices sobre doctrina social. No son soluciones concretas o recetas para cada caso, sino puntos de referencia morales que pueden seguirse de diversas maneras. Corresponde a la sociedad -y no a la Iglesia- decidir cómo aplicar esas guías morales en cada caso.
En concreto, Jesús, hoy me hablas de uno de los pecados capitales: la avaricia, que va contra el décimo mandamiento. «El décimo mandamiento prohíbe la avaricia y el deseo de una apropiación inmoderada de los bienes terrenos. Prohíbe el deseo desordenado nacido de la pasión inmoderada de las riquezas y de su poder. Prohíbe también el deseo de cometer una injusticia mediante la cual se dañaría al prójimo en sus bienes temporales» (CEC-2536).
Tu consejo es claro: «guardaos de toda avaricia». El avaro nunca se contenta con lo que tiene, porque, en el fondo, su único fin está en la posesión de riqueza material. Y como es un fin que no llena, el avaro pierde absurdamente su vida en una continua búsqueda por acaparar dinero y poder. Jesús, yo también he de luchar contra la avaricia. ¿Sé dejar a otros lo mío cuando lo necesitan? ¿Me creo necesidades por lujo, capricho, vanidad, comodidad, etc.? ¿Dónde tengo puesto el corazón? O lucho por despegarlo de las cosas materiales, o acabaré siendo avaricioso.
II. «Un corazón que ama desordenadamente las cosas de la tierra está como sujeto por una cadena, o por un «hilillo sutil», que le impide volar a Dios» (Forja, 487).
Jesús, el hombre de la parábola se trazó el siguiente plan de vida: «Descansa, como, bebe, pásatelo bien». No parece que haya nada incorrecto en ninguno de estos objetivos personales. Sin embargo, Tú le llamas «insensato.» No es que sea malo descansar, o comer, o pasárselo bien. El problema es que eso era lo único en lo que aquel hombre pensaba y, por tanto, su vida estaba vacía espiritualmente: no era «rico ante Dios».
Jesús, para amarte de verdad, necesito tener el corazón libre, despegado, capaz de volar. Si mi cabeza y mi corazón no van más allá de las preocupaciones materiales, -de lo que tengo, de lo que puedo gastar, de las vacaciones-, estoy como encarcelado espiritualmente. Ayúdame, Jesús, a guardarme de toda avaricia, y a tener libre el corazón para ser más generoso con los demás y con Dios.
Comentario realizado por Pablo Cardona.
Fuente: Una Cita con Dios, Tomo VI, EUNSA
No hay comentarios:
Publicar un comentario